El olvido de las experiencias

Desde hace tiempo hemos estado pendiente de escribir entradas acerca de nuestras experiencias en los encuentros de producción editorial (a.k.a servicio comunitario), pero hemos, especialmente yo, pospuesto la tarea. Y pospuesto, y pospuesto, y pospuesto. Sin excusas, sin “no sé de qué hablar”, sin “es que no tengo tiempo”. Claro que sé de qué hablar, claro que sé de qué escribir, y claro que tengo tiempo. Cuando uno se propone las cosas asume las responsabilidades que conllevan, y el tiempo no es excusa. Entonces, ¿por qué después de casi un año he escrito tan poco en este blog que describa mi experiencia o relate historias sobre lo que ocurre los domingos en el terreno de la CSFM en El Marqués?

José Luis insiste en que el problema es que no estamos viendo lo que hacemos, y que si lo vemos no lo estamos pensando y re-pensando. En que si bien participamos activamente de estos procesos nos olvidamos de ellos en el momento en que salimos por el portón rojo y nos vamos a casa o a algún otro lugar al que hayamos planeado asistir luego de estar en el terreno. Creo estar de acuerdo, sí.
Algo parece suceder en el momento en el que nos despedimos, decimos “chaíto, queridas. Nos vemos el domingo” y caminamos al Metro. No hablamos de esto, no hablamos de nuestras experiencias, no las discutimos, no las re-pensamos, no las re-vemos ni re-sentimos. Las tomamos de contado.
Y hablaré por mí antes de que los demás me guinden del pescuezo, porque nuestras experiencias, si bien las vivimos juntos, fueron distintas. Sí, he tomado de contado mi experiencia en estos encuentros de producción editorial. Pero no dramaticen cuando lean esto: no significa que no me importe, que esté yendo obligada, que me aburra o lo que pudiesen pensar al respecto cuando lean  “de contado”.
El problema está en la no discusión, la no re-visión de lo que ha ocurrido. Y como no se vuelve a pensar, se olvida. Como no se habla, como no se discute, se olvida. Qué peligroso es, entonces, no re-visar las cosas, ¿cierto? Qué delicadas y frágiles son las experiencias cuando les ponemos un velo por encima.
¿Qué hace falta para pensar la práctica? Es una pregunta importantísima dentro de estas inquietudes que comparto. ¿Cómo llevar la práctica a la letra? ¿Cómo escribirla, construirla, redactarla, armarla? ¿Por qué  e s c r i b i r? Porque después de que se comparten los saberes (sí, ellas y nosotros compartimos nuestros saberes) y se hablan y se discuten y se recuentan, la escritura es una herramienta perfecta para construir nuestra parte de la historia. Pero, ¿si escribimos nuestras experiencias en el blog quién las lee? ¿Saldrán de allí? ¿Nos interesa que otras personas nos lean?  Claro que sí. Y si bien la escritura es una herramienta apta para compartir nuestras historias, no es la única que puede hacerlo. Y en estos encuentros nos dimos cuenta que hay muchos modos de producción de contenido donde no sólo hay que sentarse a escribir. Este es el primer paso: las notitas, los post its, las notas en el teléfono y en el brazo forman parte de varios métodos de iniciación de producción del contenido. La palabra, siempre, es la que marca la pauta. Pero no es el único modo de producción que existe, hay muchos y están invisibilizados. Y aquí, en estos encuentros tan especiales, vi esto. Hemos desaprovechado, durante mucho tiempo, la forma en la que varios modos de producción pudiesen juntarse para producir un contenido que cuente algo en específico; en este caso el compartir de saberes y el compartir de lógicas, de dos cosmovisiones distintas que se encuentran, discuten y bailan entre ellas.
A las señoras les toca cocinar cada cierto tiempo para los miembros de la comunidad. Creen en el trabajo equitativo y en equipo. Estar con ellas en la cocina mientras hablan de cualquier cosa es una experiencia rara, particular y maravillosa. Sí, están hablando de sus vidas: de cómo van a hacer para comprar la carne porque ninguna tiene tiempo, de que en Mercal el queso es más barato, de que Oriana raspó siete (sí, siete) materias y que ahora está estudiando como loca, y que mientras se quiere hacer un piercing en la lengua y uno en la oreja. De que a Hirba le faltó hacer 5 cuellos de camisas porque tiene gripe, pero igual la van a joder en la fábrica.
Son experiencias contadas desde una visión particular de una realidad que es de todos, y que juntas, construyen una cosmovisión particular. Estando en la cocina aprendemos muchísimo de ellas. Más que cuando nos sentamos en círculo y hablamos de que por qué necesitan que salga esta revista, de su necesidad de reivindicación como ser humano, de la búsqueda incansable del bienestar de su familia. Es en la cocina donde está todo.
¿Y qué hacemos luego de que escuchamos esto? ¿Se nos olvida? No puede olvidársenos. Mi error, mi gran error, fue tomar estas conversaciones como cualquier otra cosa y no re-pensarlas y ver lo que significan dentro del trabajo que hacemos junto con ellas. Mi error estuvo en no escucharlas de verdad, no aprehender al momento lo que ocurría. Porque ningún participante de estos encuentros comunitarios es un espectador, sino una figura activa. Y es mi labor, como co-laboradora, re-pensarlo todo. Agradecer que tengo la oportunidad de compartir con ellas y fijar por cualquier medio de producción de contenido alguna experiencia que hayamos vivido juntos.
Pasamos de ser espectadores a partícipes activos y activadores de una propuesta que defiende una causa: la reivindicación de la dignidad humana por medio de la producción de contenido escrito mediante una revista artesanal. Después de un año, las despedidas comenzaron a ser  “chaíto, queridas. Nos vemos el domingo. ¡Nosotros hacemos el almuerzo! Comeremos asado negro”.
Esta experiencia, gracias al Cosmos, nunca fue asumida como un “servicio comunitario”. Ya hemos dicho en entradas anteriores que no creemos en el asistencialismo universitario en los procesos comunitarios, sino en el compartir de saberes, en el acompañamiento y en la participación activa.  Esto, personalmente, me interesa y me llena de orgullo. No llevamos a cabo este proyecto para acumular horas (nadie tiene idea de cuánto tiempo estuvimos allí y no nos interesa en lo más mínimo) ni para tachar algo de la lista de requisitos para graduarse. Aprovechamos la obligación de “una asistencia a una comunidad” (como que si nadie viviera en comunidad, y estas necesitasen de alumnitos universitarios jóvenes y vivaces que los ayudaran en sus problemitas) para llevar a cabo un proyecto que nos interesa y que podría interesarles a ellas. ¿No es una falta de respeto enormísima que nos pidan que contemos las horas que estamos en una comunidad, y que una vez que hayamos cubierto las que nos piden, asumamos que el trabajo está hecho? Qué mediocridad.
No. El equipo de Agujero Negro nunca llegó con esa intención. Nos enamoramos de esas señoras, y esperamos seguir trabajando con ellas durante mucho tiempo. Aprendiendo, siempre, los unos de los otros.
Entonces, para los que lean esto y tengan que hacer un servicio comunitario porque la ley lo exige para graduarse, y para los que sólo leen este blog por interés/curiosidad, y para todo el equipo editorial de Agujero Negro, no le pongamos nunca velos transparentes a las experiencias. Registrémoslas  mediante la escritura o material audiovisual y auditivo y produzcamos contenido que cuente historias a partir de algo que se ha vivido y experimentado. Nunca tomemos de contado nada de lo que hacemos, porque las experiencias hablan de los procesos que vivimos y nos ayudan a recordarlos, a re-vivirlos y a re-sentirlos. Aprovéchense, aprovechen las oportunidades, aprovechen lo que está escondido y visibilícenlo mediante el modo de producción que mejor cuente una historia particular y recuérdenla y recuérdense por medio de ella.
Esta experiencia le produjo a Agujero Negro nuevas inquietudes y proyectos que llevar a cabo, y nuevas formas de ataque a problemas sociales que nos interesa hacer visibles. Cambió la forma en la que veníamos asumiendo la producción de contenido  y permitió la expansión de horizontes que alcanzar, que atravesar, que trasgredir y que experimentar.
Gracias siempre, a todas, por todo lo que nos enseñaron. Por su cariño, tiempo, ganas de participar, ganas de problematizar, ganas de hacer crítica. Gracias por que ahora somos un mejor equipo de trabajo.
Y gracias a la ley de servicio comunitario, y al primitivo, excluyente y arrogante modo de Learning Service de la UCV que nos permitió trasgredir lo que estaba establecido y hacer un trabajo honesto y verdadero.
Espero con ansias que Agujero Negro lleve a cabo, pronto, los proyectos de reivindicación social que hemos pensado a partir de nuestras experiencias en la CSFM.
-SFC
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