Reflexiones

I

En todos estos meses que hemos pasado dentro de la Comunidad Socialista Francisco de Miranda, como parte de nuestro servicio comunitario, nos ha costado escribir (como buenos hijos bastardos de la academia) respecto a lo que hemos venido haciendo. El proceso de reflexión ha sucedido, sigue sucediendo, en cada uno de nosotros; el problema ha sido la materialización escrita de estas reflexiones. No sé si a estas alturas del partido valga la pena preguntarse por qué. Sabemos que los procesos de reflexión y de escritura han sido inversos en este caso: primero hacer, luego escribir. Para nosotros, acostumbrados a quedarnos en la palabra por la palabra, ha sido difícil, no tanto el mero hecho de sentarse a escribir, sino el plantearse la escritura desde una realidad, y no desde el imaginario de algún libro de textos, o desde las reflexiones de otro autor. Existen otros imaginarios que nos afectan directamente y que no hemos logrado concretar desde la palabra. Allí es, precisamente, donde las sombras han vencido la casa. ¿Y por qué esto nos afecta más a nosotros, a quienes nos hemos planteado otra forma de servicio comunitario? No el benevolente, no el cristiano. Dudo muchísimo que aquellos estudiantes que realizan su servicio comunitario sirviendo pan y café en un orfanato, o haciendo un inventario de obras para un museo privado, les cueste escribir al respecto en su informe final. Claro, allí no hay reflexión, no hay cuestionamiento de las estructuras ni del trabajo realizado, sino anécdota  y recuento puntualizado de las acciones. Cualquiera puede llenar un montón de cuartillas bajo estos criterios.
            Ahora, un servicio comunitario que no piensa evangelizar, sino aprender (ya no desde la academia) y construirse a partir de experiencias y relaciones comunitarias, acercándose a éstas con el objetivo de reconocerse como iguales, como aprendices y creadores de conocimiento, ¿puede plantearse también un mero recuento de acciones? No lo creo; hay algo más. La anécdota y el recuento es  justamente lo que busca la Escuela, los coordinadores del Servicio Comunitario. Dime qué hiciste y te diré cuánto tienes. Los procesos detrás de los resultados resultan invisibles para las estructuras de poder, para aquellos que tienen la batuta y que juzgan únicamente a partir de lo que pueden ver (sin necesidad de entrever) y de lo que les interesa.
Allí es donde entramos nosotros. Si los coordinadores del Servicio Comunitario vieran qué hacemos cada domingo con la comunidad de Campo Rico, ¿cómo nos juzgarían? Me atrevo a decir que no serían capaces siquiera de juzgarnos; un 01 en el kardex de notas lo arreglaría todo. Así, para sacarnos del paso, sin necesidad de ver más allá. Lo primero que verían sería el color rojo y, ay, no, por Dios, ¡qué horror! Se alejarían de inmediato. No verían el terreno ni la construcción y, mucho menos, a las mujeres que nos acompañan. No verían el trabajo ni las necesidades. No quiero entrar en por qué ellos no son capaces de verlo y nosotros sí; ese es un tema que nos trasciende y que, en este momento, no me interesa. Vale, sin embargo, regresar al principio del asunto y ver, por un lado, el por qué se plantea un servicio comunitario cuyo aprendizaje sea bidireccional, entre la universidad y la comunidad; y por otro, cómo se ha ido dando ese proceso desde el primer contacto entre ambas instancias.
A.
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