Respuesta al último texto de Daniel

En respuesta al último texto de Daniel, del que rescato muchas cosas, pienso que no sólo las mujeres de Campo Rico tienen miedo a escribir. También nosotros compartimos ese miedo. El habernos tardado tanto en producir algún texto (largo, corto, puntual o no) no se debe únicamente al hecho de que estemos tan ocupados, que las clases, trabajos, vida personal, nos estén machacando los días. Responde también al hecho de que estamos titubeando demasiado frente a la página; aunque tengamos muchas cosas que decir sobre todo esto, nos cuesta reflejarlo. O por lo menos, a mí me cuesta, para no hablar en plural. Así que comenzaré desde cero y seguiré los mismos pasos y los mismos consejos que les dimos a las mujeres de Campo Rico para comenzar a escribir. A veces uno cree que esos pasos se aprenden una vez y nunca se olvidan, o se siguen instintivamente; pero pasa que a veces hay un bloqueo, una vuelta atrás, y es necesario volver al principio.

                Si estas mujeres nos han abierto los brazos de tal manera, si nos han dejado entrar a un lugar que para ellas es sagrado, digno de su máxima protección; y si, al mismo tiempo, para nosotros también ha sido tan natural entablar esta relación con ellas, ¿por qué nos cuesta decirlo?  ¿Por qué ese freno en la lengua?
                Si bien para ellas esos textos serán el reflejo de su vida, sus luchas y logros; para nosotros, ¿qué serán? No son sólo un trabajo que cumplir, una entrega. La cosa va mucho más allá, y lo sabemos. Y, en todo caso, esa entrega no sería un trabajo con fecha límite; supondría, por el contrario, una entrega total de nuestra parte. Quizás no se trate de una anécdota de vida, pero sí es la historia de un proyecto, de un acercamiento a algo que es cada vez menos ajeno. Es todo un aprendizaje. Y creo que también puede llegar a ser un reconocimiento de nosotros ante esta nueva experiencia, ante este “algo” que no conocíamos y cuyo primer contacto fue, desde un principio, maravilloso. Y no estoy hablando de sacarle provecho a esta experiencia, de la manera en que las maestras de primaria nos decían que había que sacarle provecho a las clases de matemática; me refiero a “sacarle provecho” como un darse cuenta y un desarrollo. Ver, pisar el terreno. Trabajarlo.
                Sé que este texto no pasa del ¿por qué no…?, como un carro que no termina de encender, y no es suficiente, pero pronto le daré (daremos) su respuesta.
A.
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