Un posible balance

Después de casi catorce sesiones de trabajo, tanto en la universidad como en la comunidad de Campo Rico, un posible balance podría ser este:

1) Como buenos universitarios positivistas (pertenecemos a la casa que vence las sombras) comenzamos revisando algunos textos y algunas teorías. Leímos a Boaventura de Sousa Santos, nos enteramos del concepto “ecología de saberes”, lo comparamos con otras metodologías de investigación cualitativa, como “aprendizaje servicio”. Revisamos también los conceptos de Alejandro Moreno, como “implicancia” o “invivencia”, que Juan Carlos Rodríguez utilizó para describir la experiencia artística-comunitaria Con la salud sí se juega.

Estas lecturas sirvieron de simples aproximaciones a la investigación cualitativa. Pero también nos sirvieron como referencias para “estudiar”, comprender y criticar la Ley de Servicio Comunitario, así como la manera en que la Escuela de Artes la asume y la pone en práctica.

2) Las lecturas hicieron que los estudiantes entraran en estado de incertidumbre. Se preguntaban cómo traduciríamos aquellos conceptos a nuestra experiencia comunitaria. Fue entonces cuando comenzamos a relacionarnos con la comunidad de Campo Rico; presentamos el proyecto y tuvimos los primeros contactos con las mujeres de la comunidad.

Desde el principio planteamos nuestros objetivos: diseñar y ejecutar un proyecto editorial. En aquellas primeras reuniones las mujeres le cambiaron el nombre al proyecto, que pasó a llamarse Encuentros comunitarios de creación editorial. También definimos, en colectivo, nuestra meta común: hacer una revista que se llamaría Pa´lante. Mujeres Luchadoras, y que sería impresa sobre un soporte tamaño tabloide.

3) Las tres limitaciones más importantes del proyecto han sido: pensar en un sistema de impresión y de reproducción que fuese autogestionado por la misma comunidad; crear el contenido textual y gráfico para la revista; y garantizar la participación estudiantil, que implica la sistematización de la experiencia con los recursos que los estudiantes han adquirido en la universidad.

4) La primera limitación se resolvió con relativa facilidad: gracias a un convenio con el Ejército Comunicacional de Liberación, y el apoyo de Glenda Ortiz, iniciamos un taller de serigrafía que ya va por su fase intermedia. Este taller ha servido, no sólo como una experiencia formativa que asegurará la trascendencia de la revista (al liberarnos de la dependencia de las tecnologías industriales de impresión), sino, sobre todo, para activar la participación comunitaria, y hacer más efectivo nuestro acompañamiento en la creación de la revista, pero también en la creación de una posible Unidad de Producción Gráfica dentro de la comunidad.

5) La producción de los contenidos textuales y gráficos, que nos ha mantenido a todos en estado de incertidumbre, y que ha motivado y a la vez frenado la participación comunitaria, ha sido más bien lenta. Esto, desde luego, es comprensible, pues los sistemas de opresión no son sólo materiales sino simbólicos. La cultura dominante reserva la escritura a unos pocos privilegiados; funciona como una herramienta de estratificación y jerarquización del poder social y político.

Pero después de once sesiones, el primero de julio las mujeres escribieron sus textos, y los leyeron para el colectivo. También se nos unió el hijo de Gloria Duque: Cristhian, un joven de doce años que, además de convertirse en el transcriptor de los textos, también escribió el relato de su experiencia en la comunidad.

Esto, desde luego, no es sólo un logro para el proyecto, sino un gesto de emancipación política de las estructuras de poder dominantes.

6) El problema de la participación estudiantil es el que más me preocupa. Se funda en la incompatibilidad entre la formación universitaria positivista (producto del modelo mercantil de la universidad) y los tiempos de vida comunitaria. (Sobre esto se puede ver el texto: Dos idiomas, dos mundos). Pocos estudiantes han comprendido la diferencia entre “presencia” y “participación”. Casi todos confunden estas dos palabras. En general (o en su mayoría), no han asumido responsabilidades (acaso esperando que yo se las imponga), ni han actuado para solucionar los problemas materiales y simbólicos que hemos enfrentado. Me parece que “la casa que vence las sobras” actúa con fuerza en ellos, y creen que una comunidad es un grupo de estudiantes de los primeros semestres a quienes tienen que enseñar.

Tampoco han cumplido con una de las tareas más importantes que (colectivamente) nos impusimos: sistematizar la experiencia a través de pequeñas reflexiones escritas. La participación estudiantil no puede limitarse a la solución de problemas materiales, y mucho menos a su simple presencia (muchas veces calificadora) en la comunidad: debe consistir en la creación de estrategias efectivas de acompañamiento, de estímulo, de potenciación de las habilidades y las expectativas de una comunidad. Pero también debe consistir en la reflexión activa de la experiencia comunitaria, la indagación crítica de las relaciones entre la universidad y la comunidad.

7) Si tuviera que evaluar mi trabajo frente al proyecto, tendría que apuntar dos problemas fundamentales: el hecho de que he postergado la reflexión semanal con los estudiantes, lo cual implica que no hemos seguido revisando las perspectivas teóricas del Servicio Comunitario, y la falta de fijación de metas, límites y tareas a los estudiantes. Esto último creo que también podría abordarse así: proponiéndoles la asunción de objetivos específicos que impliquen un reto para ellos… Ya veremos.

JL.

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